El consultorio del Dr.T

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El discurso económico-interplanetario sobre mercados emergentes del sudeste asiático y países del tercer mundo en perennes “vías de desarrollo†tiene también su reflejo en la Industria del cine. Porque el lugar donde más películas se manufacturan al año (entre 700 y 800) es la India, Meca de ídolos, héroes y santones paridos (o no) a orillas del Indo.

No me las daré de entendido: cada temporada no veo más de cuatro películas made in Bollywood (en parte por salud mental), asesorándome a través de terceros y sufriendo algún que otro batacazo en forma de insufrible tostón cantarín.

La última fiesta (sería hipócrita calificarla de “perlaâ€) ha sido Om Shanti Om, superproducción que arroja la preceptiva duración de tres horas. Sobrada de medios, serviría de perfecta introducción a cualquier lego en la materia, al tratarse de un ininterrumpido desfile de glorias actuales y pretéritas ovacionadas en off para mayor estupor de un espectador occidental que no tiene ni pajolera idea de quién es ese tipo del bisoñé que se contorsiona como si acabasen de meterle una lagartija por la rabadilla.

El cine de Bollywood ha hecho de la ingenuidad y el infantilismo su bandera… ¿o no será que, en nuestra perversidad, calificamos también de imberbe a lo “puro†o menos maleado? Unas reglas del juego que cualquier cinéfago inteligente debe de aceptar sin excesivos dolores de cabeza, del mismo modo que se puede y debe disfrutar un producto comercial, una ‘peli’ de género o una comedia chorra por sus (a veces dudosos) valores intrínsecos, valores que a veces se hayan alejados varios eones de registros presuntamente artísticos o elevadas intenciones trascendentales. (¿Y qué?)

Con todo, en los últimos tiempos se observa una progresiva autoconciencia, que encuentra su traducción en desacomplejadas parodias o incluso burlas crueles que incluyen la retahíla de tópicos que uno busca (y siempre encuentra) en el cine masivo de las tierras de Satyajit Ray.

Héroes con las abdominales más castigadas que el tabique nasal de Mike Tyson, bellezones de infarto que aseguran la fidelidad inquebrantable del sector masculino, tramas abocadas a un irremisible ‘happy end’, música… y más música. Porque una ‘peli’ de Bollywood es mi sustituto favorito al Prozac, un chute en vena de vida y simplicidad, esa simplicidad adolescente que empeña toda la felicidad personal en una mirada de ella o de él, en un roce, un “quizásâ€, un momento de éxtasis –pasajero, cierto es- que le eleva a uno por encima del impepinable mañana por la mañana a eso de las 7 am.

No, el cine no debe de ser únicamente un divertimento palomitero. Pero si alguna cinematografía ha sabido entender, practicar y mejorar el cansino modelo norteamericano esta ha sido la India. Disfruta, olvida, repite.

Un universo imposible (como todas las ficciones que pueblan el hemisferio celeste) donde el final feliz no es pura entelequia, sino rigurosa obligación ética. Porque como dicen los personajes de Om Shanti Om, si la cosa no pinta bien… es que la ‘peli’ todavía no ha terminado.

¿No es un credo maravilloso?

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No, no, no vamos a hablar de Eurovisión. La cosa es todavía menos seria… vamos a hablar de festivales de cine.

Porque en las postrimerías del mes de abril el doctor cuelga el fonendoscopio, cierra una semana la consulta y se sumerge en el mundillo “de la cosaâ€, dejándose caer por el único sarao de cine que sigue con cierta asiduidad desde sus comienzos. Es el Festival de Cine Asiático de Barcelona, que como es ‘mu’ internacional y tal acá lo llaman BAFF (y es que las siglas en ‘inglé’ siempre le dan como que mayor empaque al evento… lounge, cool, indie & chill out. Don’t you?)

BAFF 

Seguro que se lo han preguntado más de una vez al encontrarse con alguna de esas colas fenomenales (y la mayoría de las veces inexplicables) que acostumbran a formarse frente a las taquillas de los cines que acogen estos hitos propios de ‘ciudad-con-aspiraciones-a-capital-cultural-de-algo’, aguardados con regocijo por tipejos grises con el suplemento cultural de el periódico debajo del brazo (me incluyo, me incluyo).

Formulen la pregunta sin rubor: ¿quién es el puto ‘colgao’ que se mete a ver una peli indonesia de la que lo único que sabe (vía resumen argumental elaborado por alguien que tampoco la ha visto y que se conforma con traducir lo leído en otras webs yanquis) es que se trata de “un ejercicio conciso y sin florituras estilísticasâ€, “filme surcado de silenciosâ€, “director de cultoâ€, “minimalismo poéticoâ€, “talento para transitar entre lo onírico y lo realâ€, “personajes en plena reconstrucción de su autoestimaâ€, plagado de “imágenes de extraordinaria bellezaâ€?

 

Les aclaro: a los festivales de cine (y por muy paradójico que les resulte) no se va a ver buen cine. Que si, que siempre existe la posibilidad, la esperanza, el pálpito… las ganas de ver algo extraordinario, claro. Ecos lejanos, boca-oreja procedente de quién la vio antes que nadie en algún acontecimiento merecedor de dicha etiqueta (un festival clase A, se entiende). No se sabe muy bien cómo, pero mediante este ejercicio de ósmosis inversa («me ha dicho Nando que la de las siete estuvo en un tris de llevarse el Zurigato de Zirconio en el festival de Macondo») todo el mundo se acaba elaborando una idea de aquello que va a ver… antes de verlo. No lo llamen intelectualidad… son sólo prejuicios, repito.

Así pues, entre ronquidos en la sesión de las diez, tímidos aplausos tras el enésimo tostón de género made in Hong Kong o disputas irreconciliables tras el visionado de “la nueva obra total del maestro taiwanés†discurren los atardeceres tardíos de esta primavera agridulce.

¿Agridulce, dije? Sí, agridulce. Porque cada vez reconozco a menos gente en la estrecha acera de la Gran Vía, porque cada vez importa más lo que se va a ver y menos con quién se ve, porque en definitiva ya no queda casi nadie de los de antes (¡joder, parafraseando a los Celtas Cortos… dónde te has de ver, amigo!)

Y es que me da igual que no conozcas a Kawase, Kore-Eda, Hsiao-hsien o To. Lo terrible sería que no tuvieras con quién departir tras el ‘the end’; ese tipo risueño del que quizás no sepas ni el nombre pero con el que te une una extraña afición consistente en proyectar todo lo que eres en todo aquello que ves.

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Ya no se hace cine con la voluntad más o menos expresa de cambiarle la vida a nadie. ¿Presuntuoso, dirán? En otras disciplinas artísticas la osadía no está tan mal vista o, cuanto menos, se le concede al interfecto el beneficio de la duda. Pero ya saben, “el modo de hacer y entender el cine padece una profunda crisis de impredecibles consecuenciasâ€.

¿Qué coño querrán decir con eso? La pintura y la novela también sufrieron esta presunta agonía hará cosa de un siglo, cuando –a pesar de todo- todavía era posible acercarse al lienzo o a la prosa con la seguridad de que su responsable trataría de golpearte de algún modo (no hablo únicamente a un nivel emocional; nadie duda de que la generación post-beat ha podido sumergirse hasta la extenuación en universos autodestructivos rebosantes de sexo, drogas y violencia musicada por Beethoven. No confundir en ningún caso con el concepto de “trascendencia†que aquí invoco, entendido “a la alemanaâ€).

rewind

Cualquier director de cine que intentase en la actualidad un ejercicio estiloso parecido sería tildado de inmediato de ‘pretencioso’, ‘come ollas’ o ‘curaca trasnochado’ y su atrevimiento se catalogaría como “el propio de una juventud inexperta deseosa de destacar a cualquier precio†o “esa voluntad de adoctrinamiento tan propia de quienes todavía les queda mucho camino por recorrerâ€. Unas palmaditas en la espalda y… buena suerte como utillero, bro.

Hablo de todo esto tras salir de ver en pantalla grande (¡sí, que no es coña! ¡La vi en el cine, piratones!) Rebobine, por favor, apasionante inmersión en los mundos de Gondry sin Kaufman. Y es que entre los numerosos aciertos de este filme destaca uno: su capacidad para contagiar al espectador la pasión desenfrenada por hacer cine, incluso por rehacer el cine ya visto.

Y no es que crea que con ello se pueda cambiar el mundo ni nada parecido, pero… demonios, quizás fuese un principio. ¿Saben a lo que me refiero, verdad? ¿Acaso no recuerdan cómo se les quedó el cuerpo la primera vez que vieron Amanecer, La palabra, Malas tierras, All That Jazz, Los idiotas o El club de la lucha? Es esa sensación de “despertar interior†que provoca el gran cine. No, no le den necesariamente lecturas espirituales. Sería una mezcla entre síndrome de Stendhal (vendaval de hermosura en dosis inapropiadas) y boxeador noqueado que abandona el ring zigzagueando para perderse camino de los vestuarios. «¿Dónde estoy? ¿Quién soy en realidad?»

 

Es el convencimiento de estar asistiendo a la revelación de una verdad fundamental (¡¿cuál?!), aunque sólo sea durante una fracción de segundo, sentados como estamos al otro lado del espejo. Alicia irredenta que ha logrado colarse entre bambalinas y logra por fin entender algo…. algo que después olvidamos, al igual que en esos sueños de los que despertamos sonrientes pero que somos incapaces de reconstruir en su totalidad. Y es que el olvido es algo más que aquella fuente platónica de la que abrevábamos para darle una excusa al recuerdo. No, el olvido es el mecanismo ideado por la Naturaleza para hacernos creer que el conocimiento nos acercará –de alguna forma incomprensible-  a la felicidad (no confundir nunca con la sabiduría).

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Y es que nos gustan los mayores, quizás porque son los últimos grandes de verdad. Pero miren ustedes por donde, hasta los mitos y leyendas tienen la pésima costumbre de acabar a dos metros bajo tierra. ¡Porca miseria!

Tres fueron tres los decesos célebres de los últimos tiempos. Dos actores de antaño (Widmark y Heston) y un guionista de siempre (Azcona), venerables todos por haber intervenido (de manera más o menos activa) en grandes películas.

Widmark

En EEUU los guionistas hacen huelga, en España se mueren directamente. Dan ganas de sacar conclusiones tendenciosas sobre el estado del cine, pero hoy toca recordar más que sermonear. Después de todo, Azcona logró disfrutar de un indudable reconocimiento en vida, aunque fuese poco amigo de acaparar flashes, de recoger todos aquellos premios que no cesaron de darle incluso cuando ya no tocaba.

Como hemos escogido la figura del triunvirato, continuaremos con los tercetos. Guardaremos en lugar privilegiado El pisito y la recomendaremos encarecidamente a todos los hipotecados del país, que sabrán reír (o llorar, que es lo suyo en las tragicomedias afortunadas) con esta crónica de la precariedad, la compra sobre plano y la intimidad que nunca llega.

De Azcona y Berlanga, Berlanga y Azcona, escogeríamos El verdugo. Se recomienda acompañarla en sesión doble con Queridísimos verdugos, rodada a trompicones por Basilio Martín Patino diez años después (todavía no tengo claro cuál de las dos es la de ficción y cuál la documental). Y concluyamos con un libreto elaborado ya en plena democracia: El bosque animado (1987), un derroche de imaginación que algunos cursis tildaron de “ejercicio de realismo mágicoâ€. No te jode…

el verdugo

Richard Widmark fue una presencia inquietante en decenas “de las del Oesteâ€, relegado a un papel gregario semejante a los primeros tiempos de Bogart en el cine negro (ya saben: el matón que caía abatido en el penúltimo tiroteo). Widmark estuvo bien hasta en los filmes más decadentes de la Hammer (véase La monja poseída, donde su inverosímil pulso con Christopher Lee justifica una trama rocambolesca), pero reivindicaría tres gloriosos westerns cincuenteros: Lanza rota, La ley del talión y Desafío en la ciudad muerta.

¿Queda algo por decir de Charlton Heston? ¿Héroe de peplum, afiche del cine bíblico o el primer cachorras sin más del cine de Hollywood? No, no, la última imagen que nos dejó Judá Ben-Hur fue la de paleto alzando su rifle secesionista y vociferando aquello de “from my cold, dead hands!â€

La memoria, de tan selectiva, termina por ser un instrumento más de nuestra crueldad. Máxime cuando alguien nos deja tres ‘buenos-malos’ de ambigüedad extrema, muy por encima de sus roles más celebrados: el capataz que amaba a la hija del terrateniente casi tanto como a este (Horizontes de grandeza), el policía inmaculado dispuesto a descender a las cloacas del hampa cuando todo se convertía en demasiado personal (Sed de mal) y el holandés errante en pos de un indio sanguinario con el que justificar media existencia (Major Dundee).

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Son muchos los pacientes que se acercan en los últimos tiempos a mi consulta aquejados de una extraña dolencia. La patología es todavía algo difusa, pero todos ellos comparten los mismos síntomas: malestar general, mareos, vómitos y nauseas tras el visionado de filmes considerados mayoritariamente como terapéuticos, recomendados sin contraindicación alguna por otros compañeros de profesión.

Doctor 

El desgraciado en cuestión va al cine acompañado de sus amistades y descubre con espanto, a la conclusión del pase, que es el único al que le ha desagradado la función, mientras el resto de la comparsa se deshace en elogios hacia el director, la madre del fotógrafo o la muñeca del guionista (con la que escribe, guarrillos, con la que escribe).

Los efectos a medio plazo son marginación social, misantropía y posibles brotes neuróticos. Todos estos individuos, curiosamente, presumen de haber visto mucho cine, lo cuál –según ellos mismos confiesan- ha acabado representándoles un serio problema de adaptación, imposibilitándoles para el disfrute de “obras maestras†inapelables.

Van a ver La noche es nuestra, por ejemplo, y por muy formidable que le parezca al mundo mundial, encuentra descarados “préstamos†extraídos de no menos de doce películas: encuentros familiares entre El padrino y Cimino, persecución French Connection ‘in the rain’, mafiosillos con el tufillo Promesas del este, montaje musical a lo Scorsese de la ful (él mismo se autoparodió en Infiltrados), dinámica pecado-redención a lo Paul Schrader… para terminar con una moraleja ‘ultra’ más propia del Charles Bronson de la saga-fuga Yo soy la justicia / El justiciero de la ciudad.

Charlie 

Entran a disfrutar del Stephen Sondheim más mordaz y malévolo en Sweeney Todd y se encuentran con un Johnny ‘The Cure’ Depp afilando la navaja con desgana entre gorgorito y gorgorito, echando de menos más minutos en pantalla para Borat Sagdigev, el único que parece haber entendido su papel a la perfección. ¿Existe en la última década algún otro musical más eterno y aburrido que este enésimo cuento gótico del señor Tim Burton?

Pero no sólo eso, no. El interfecto se atreve incluso a poner en duda las supuestas intenciones de unos redimidos hermanos Coen en No es país para viejos, que parecen querer hacer una de sus películas de antes (las buenas) pero contadas con un ascetismo que no pega. ¿El resultado? Una seriedad plúmbea que imposibilita la emoción, por mucho que a Tommy Lee Jones le pese  el pasado, la jubilación y el ritmo de los tiempos.

Acabando con Juno, esa nueva heroína adolescente que vuelve locos a los treintañeros. Y es que esta nímfula enamorable (en la línea de la Natalie Portman de Beautiful Girls) le parece el ser más ‘sobrao’ e inverosímil del parnaso cinematográfico reciente, con una edad mental de 77 años en un cuerpo de niña impúber. Se agradece el enfoque antidramático del embarazo indeseado, pero… ¿es este el mejor guión original del año?

Diablo Cody

Al pobre desdichado cuya cinefilia le imposibilita para el disfrute alienante le extiendo siempre la misma receta: elija mejor sus compañías y, sobre todo, no lea críticas cinematográficas antes de ir al cine. Si con todo, se muestra receloso del proceder («pero doctor, ¡si yo lo único que quiero es sintonizar con la Humanidad!») no me deja más opción que empuñar el bisturí del ocho y proceder a… la lobotomía.

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Ha vuelto a pasar, fotófobos de la sala oscura y adictos a la sesión golfa. Un nuevo “movimiento†cinematográfico con denominación de origen amenaza con hacerse un hueco en nuestras carteleras. Lo nunca visto, oigan: tres películas rumanas estrenadas en apenas 100 días. A rebufo todas ellas de La muerte del señor Lazarescu, deslumbrante pesadilla sanitaria que –mira tú que cosas- no se pudo ver en pantalla grande en este dichoso país. Deshazte del original, niega cualquier posible influencia.

La muerte del señor Lazarescu 

En esta sección, siempre dispuestos a denunciar cualquier aberración chupiguay de esas que brotan cuál malas hierbas de entre el parterre de una cartelera pre-veraniega por lo desoladora, les ponemos sobre aviso. La nueva tendencia en el prêt-à porter chorro-cultureta son los Cárpatos. «Do you wanna be cool? Be rumanian, my friend».

Este es un breve recorrido por los últimos cuatro intentos de la Industria del camelo por hacernos mejores personas, evitándonos el pernicioso cine norteamericano, sí, ese que nos nubla la mente y nos aleja de La Verdad… hasta que nos nominan a un Oscar, claro. Hagamos historia antes de que el (re)nuevo cine alemán o la influyente escuela del Timor Oriental asole nuestra sala favorita en V.O.S.E:

- El cine iraní “nos devuelve a la esencia del cineâ€.- Aserto nada metafórico con el que algunos críticos certificaron lo evidente: cuando no hay pelas, arriostar la cámara al suelo y decir que Lumière era muy grande nunca falla. Hubo algunas maravillas (incluida la trilogía de Kiarostami antes de ser abducido por la ‘inteligenza’ gala) y numerosos excesos simplistas (ya saben: una carretera, un niño, un cielo azul y ya tengo película interpretable por algún jurado de festival europeo como “sentida denuncia del choque de civilizaciones, más allá del capitalismo pútrido que corroe las entrañas de Occidenteâ€).

- El dogma, la Sirenita, los daneses y la “reivindicación de lo amateurâ€.- A mediados de los noventa un grupo de amiguetes decidieron, in vino veritas, que el cine se había convertido en un circo excesivo y que se imponía un voto de castidad, que venía a ser como una circuncisión pero a la altura del hueso púbico. Por desgracia, genios sólo hubo uno (von Trier, mal que les pese a algunos) y el resto de la ‘Copenhague connection’ se fue eclipsando con el discurrir de los años. ¡Alabado sea el Señor!

Lars, siempre Lars 

- El cine argentino demuestra que “el hambre aguza el ingenioâ€.- Nunca entendí muy bien que quería decir aquello (a mí el hambre lo único que logra es nublarme la vista). Corrían tiempos de crisis económica en la Argentina y los españoles nos pusimos proteccionistas (después de todo, ¿quién no tiene algún tío que intentó hacer las Américas dos o tres generaciones atrás?) El hito más recordado fue la transformación de Ricardo Darín en el nuevo George Clooney del Río de la Plata y los efectos secundarios (que todavía padecemos) son las “cachondas†comedias con Diego Peretti. Para salir corriendo, pibe.

- El cine de terror japonés “eleva el escalofrío a la categoría de arteâ€.- Pues sí, las hubo muy interesantes, pero… ¿es necesario que nos sigan llegando cada quince días esa marea de infantes maquillados como folclóricas, heroínas con las piernas en paréntesis y pasillos muy largos donde siempre falla algún fluorescente? Eso sin hablar de los remakes, post-remakes y pseudo-secuelas…

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«Todos somos aficionados. La vida es tan corta que no da para más». Charles Chaplin.

Hoy el doctor se pondrá tendencioso. Sacará galones y les recordará lo grande que era el cine, como si alguna vez hubiese compartido mesa, humo y solaz televisivo con la vilipendiada –y ahora, después de todo, algo añorada- trouppe de Garci.

Hasta el 27 de abril puede verse en el CaixaForum de Barcelona una exposición dedicada a Charles Chaplin, el actor más mediático de la historia del cine. Este dato no es baladí: en el periodo de entre guerras fue indudablemente la persona (¿o el personaje?) más (re)conocido del mundo, circunstancia a la que contribuyó activamente con giras alrededor de un planeta por aquél entonces no tan global. Este hecho se documenta con abundante material fotográfico donde se le ve arropado por masas enfervorizadas, empeñadas en imitar sus andares como ahora se practica la coreografía del chiki-chiki (estoy con ustedes: una prueba evidente del ocaso de la civilización occidental).

Chaplin Rostro 

Porque fue precisamente su exacerbada faceta pública la que le acabó abocando al ostracismo suizo de sus últimas dos décadas. Chaplin fue demasiado amigo de pronunciarse sobre mil y un temas, en un momento y un lugar en el que hasta los alegatos humanistas se confundían con apologías pro-comunistas. Súmense a eso los juicios wilderianos que debió de afrontar por sus indudables flaquezas sicalípticas y tendrán el retrato perfecto de un ídolo caído, ideal para martirologios en la prensa colorista.

La exposición cuenta también con rarezas provenientes del archivo familiar, que nos permiten completar el retrato de un Chaplin íntimo, dispuesto a seguir haciendo el payaso por reducida que fuese la audiencia. Y para la historia queda, también, el desagravio que le preparó Hollywood en 1972, coincidiendo con la entrega del Oscar Honorífico: aquél año el galardón a la Mejor Película no se entregó al final (a Chaplin le aguardaba la ovación más larga de la historia de los premios, tan tardía como sentidamente agradecida).

No sé si ha sido el más grande de entre los comediantes, honor que debería de disputarse junto a Buster Keaton, Harold Lloyd o Jacques Tati. Sólo sé que nadie ha igualado el perfeccionismo moral de filmes como La quimera del oro, Tiempos modernos o El gran dictador. Y es que frente a sus novelas ejemplares en formato cinematográfico me niego a ningún acercamiento alambicado: él fue quién nos enseñó que hay pocas cosas más efectivas que un buen resbalón, que un trompazo acrobático (aunque no se engañen: para lograr efectos tan aparentemente “naturalistas†no dudaba en repetir las escenas más veces que Kubrick).

Charlot 

No creo que el trabajo de Chaplin necesite todavía de ninguna reivindicación (tiempo al tiempo). Se me ocurren varios centenares de directores estos sí definitivamente olvidados por el respetable. Pero entiendan mi entusiasmo cuando después de ver en un mismo día dos “comedías†contemporáneas del calibre de Papá por sorpresa y Como la vida misma (que no, que no cuela, por mucha Binoche que sea), entro en una sala atraído por las risas de niños, abuelos y cuarentones en ciernes y… ¿qué me encuentro? Era Luces de la ciudad, era un combate de boxeo antológico, era el gag inteligente y el humor cuando no necesitaba de traducciones. Era el cine.

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Es matemático. Entre el día de los enamorados y los idus de marzo, la cartelera sufre el incesante goteo de subproductos para casamenteras y cursis de uno y otro sexo, yonquis del azúcar en cantidades industriales y ninfómanas del blanco satén, el altar de los sacrificios supremos, la alfombra roja con pétalos de rosa y “las cosas bien hechasâ€.

Más reaccionarias que un discurso de Millán-Astray dramatizado por el imán Jomeini, la moralina matriarcal de estos libelos aleccionadores es siempre la misma. ¿¡Cómo!? ¿Qué no se han dado cuenta? Varones alelados, hembras convencidas de que la vida os reserva algo mejor que habitar la casa de Bernarda Alba, aspirantes a príncipes azules sin título homologado, asalta cunas atentos a las últimas tendencias en materia de seducción… tomad nota. Para Hollywood, los avatares del noviazgo y el inevitable compromiso se reducen a tres simples teoremas por sexo.

Brad Pitt

Caso 1. Masculino y singular.

  •  Para asegurarse una buena boda de celuloide, es imprescindible saber ser romántico cuando toca, ni antes ni después. Aunque en realidad seas un cafre de tres pares de cojones. Ya las conoces: unos mimitos a tiempo, la perspectiva de un fin de semana en París y se vuelven los animales más dóciles del mundo.
  • Eso sí, a tus colegas hay que contarles todo, porque para eso eres un tío con una necesidad patológica de autoafirmación. Aunque en realidad no te comas un rosco, lo suyo es presumir de novia despampanante, con posibles, solícita en la cama, con tres masters por Columbia… oh, yes, my Lord! Nadie se explica qué ha visto exactamente en ti, pero ya sabes… la magia del cine y tal.
  • Aunque no te engañes: como tío que eres, la acabarás cagando. Y no porque seas mala persona, sino porque consideras la monogamia como una alteración contra natura a erradicar. Trata de tener la bragueta cerrada antes de dar el “sí, quieroâ€: la abstinencia prolongada no justifica esa noche de pelanduscas en Las Vegas o las visitas “sorpresa†a una ex- dispuesta a aprovecharse de tu indecisión. ¡Templanza, hermano, templanza!

Angelina Jolie 

Caso 2. Femenina y plural.

  • El anillo de compromiso es la clave. Tiene que ser grande y muy brillante para poder resistir comparaciones con los de “las otrasâ€. Eso significa que será caro (¡por supuesto!), pero no porque tu seas un mal bicho interesado y consumista. No, no. Eres una inversora que sabe cómo diversificar su capital.
  • Cualquier medio es lícito para hacerse con el hombre de tus sueños. Y cuando digo cualquiera quiero decir… cualquiera. Miente, manipula, humíllate si toca. Lo único importante cuando una escucha la llamada de la madre Naturaleza es asegurarse de perpetuar la estirpe de Caín. Elige un coyundador no excesivamente imbécil (ardua labor, lo sé) y consuma el rito (porque lo de consumar el matrimonio hay que hacerlo antes para evitarse sorpresas, que el género últimamente anda fatal).
  • Y es que los tíos han nacido para ser engaña… dirigidos, quiero decir. En nuestras manos son peleles, trozos de carne con ojos que deben de ser arrastrados del ronzal. Hazles creer que ellos mandan, pásales la mano por el lomo de vez en cuando y dales la razón para que acaben haciendo exactamente lo que tú quieres que hagan. No es perfidia, es pura selección natural.
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Días de ira, de niños besucones, de sonrisas quebradas y cinco balazos en el parabrisas. Fueron días de elecciones, de políticos oscarizables, de mentiras dichas con aplomo, de verdades indemostrables, de asco infinito y –como no- de “triunfo de la democracia†(lugar común que sirve para describir el infinito gozo que suscita el asegurarse una jubilación cinco estrellas a cambio de un tiempo mínimo de cotización).

Me refugio en ficciones, en visiones edulcoradas de la realidad. Robert Redford haciendo de candidato apolíneo en la película homónima de Michael Ritchie. Un candidato fabricado en las catacumbas del poder, hecho para gustar, diseñado para engatusar con sus caninos nacarados. Y es que El Gran Gatsby no tenía una granja en Ãfrica, pero sabía susurrar a los cuadrúpedos (que también los hay con ligera apariencia antropomorfa) como nadie.

Mariano Rajoy

Antes hubo otros, mucho más respetables que los que encabezan listas electorales presuntamente “seriasâ€, representantes de una vieja estirpe. Spencer Tracy lanzó su último hurra tras caer en mala lid, derrotado por un trepa de esos que le hacen a uno añorar el pasado, tan proclive a la idealización. Su agonía –como en tantas otras películas de John Ford- trascendía la muerte individual para acabar representando el ocaso de un género, de una raza con un (leve) barniz de honestidad.

Muerta la decencia no se acabó la rabia. En El político (la buena, la de 1949, no confundir con la decepcionante Todos los hombres del rey versión 2006), un populista con fuste de telepredicador (¿y acaso no eran políticos profesionales los héroes voceros de Un rostro en la multitud o El fuego y la palabra?) sembraba el odio entre quienes se cruzaban en su camino. Y es que saber manipular a las masas con algo de soltura y gracejo constituye una cualidad imprescindible de todo “patriota†que se precie (dime lo que quieres escuchar y te lo diré tres veces… ¡bañado en chocolate y todo!)

Llegamos así a los tiempos modernos. Al Warren Beatty de Bulworth, el senador más descocado y sincero de las coste este u oeste, dispuesto a decir lo que piensa sobre todo aquello que se supone no debe de opinar… y a ritmo de rap. ¿Ataque  de sinceridad o enajenación mental? Enajenación mental, por supuesto.

 Zapatero

En la actualidad ya no nos hacemos ilusiones al respecto. La política apesta y los presidentes pueden ser hasta los malos de la quinta temporada de 24. Nixon, La cortina de humo, Primary Colors, Leones por Corderos… cuanto más parodiamos a nuestros gobernantes más cuenta nos damos de que no hace falta, de que ellos solos se bastan y se sobran para ridiculizarse sin tregua. ¿Cómo? No hace falta mucho: denles un micrófono y tengan a mano la palangana, porque los efectos secundarios de cualquier locución grandilocuente se asemejan bastante a los que provoca una lavativa traicionera.

Véanlos de nuevo copando las portadas de diarios, felicitándose, fundiéndose en abrazos postizos… tan ufanos ellos. Alzando los brazos y prostituyendo el símbolo que popularizase Churchill. Convirtiendo la victoria en sinónimo de libertad (¿¿??) y la libertad en un carné que permite segregar a “los nuestros†de “los otrosâ€. Globos, confeti, vacío mental y letanía de inanes coreando sus nombres.

Bienvenidos a la definitiva democratización de la estupidez.

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La autoayuda en formato cinematográfico triunfa. De hecho lo hace cualquier forma de trascendencia, por huera que le pueda parecer a cualquier cabeza medianamente amueblada.

El proceso enfrentado por todos los protagonistas de estas búsquedas grialescas es más o menos el siguiente: desencanto social por somero trauma adolescente, huída liberadora en pos de esa sabiduría imprecisa pero que al parecer se extrae siempre de la experiencia, alienación, muerte y resurrección tras su conversión en icono pop (el género es maleable, admite variantes y yuxtaposiciones).

Es tiempo de descreídos y a pesar de todo –o precisamente por eso- no hacemos más que reescribir una y otra vez la Biblia (corregida y extractada, porque hoy en día nadie se enfrenta a libros de más de 80 páginas… «¡ya esperaré a cuando salga la ‘pinícula’»!). El Jesús del siglo XXI habla también echando mano de parábolas y esta fórmula le resulta ahora ideal a una audiencia que reclama entenderlo todo a su manera, rehuyendo explicaciones únicas que siempre suponen de un mayor esfuerzo intelectual. «Quita, quita… ¡lagarto, lagarto!»

El club de la lucha

El club de la lucha, Grizzly Man o Hacia rutas salvajes, además de constituir hitos en las carreras de sus respectivos artífices, apuestan por soluciones radicales: en todas ellas el personaje principal logra cumplir gran parte de sus sueños, sí, pero lo paga de la manera más cara que imaginarse pueda. Hasta las chifladuras psicomágicas de Jodorowsky se permitían un resquicio para el humor y la esperanza, aunque el héroe más que “elevarse†a un estadio superior de conocimiento diríase que acababa K.O. por sobredosis anfeto-espiritual.
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Los Mesías del momento, por el contrario, son vírgenes suicidas que encuentran la muy americana autorrealización en la Naturaleza, la violencia o la mistificada soledad. Su felicidad –si en verdad la alcanzan- es tan egoísta como este puñetero siglo, pues renuncia a ser compartida o disfrutada por nadie más. Su ‘a-tomar-pol-culo-el-mundo-viva-yo’ amenaza con convertirse en lema de inadaptados vocacionales, de snobs con ganas de llamar la atención a la chica rarita de la penúltima fila.

Nuevos santos que elevar al altar, personificaciones de dolorosas preguntas que nos hacemos a medianoche: «coño, ¿habrá algo más después de todo? ¿Vale la pena tirar por la borda media existencia yendo de casa al curro y del curro a casa?» (Por si todavía queda algún rezagado, informo: la respuesta es no. Aprieta los dientes y no lo pienses, hermano).

No sabemos cómo hubiese sido el día después de Tyler Durden tras sabotear el corazón del sistema financiero mundial, o el de los verídicos y no por ello menos inverosímiles Timothy Treadwell y Christopher McCandless, bailando con osos o alcanzando Alaska con el genuino espíritu de pioneros de antaño que ahora, eso sí, ven aviones al elevar la vista al cielo.

Grizzly man

Pero es que las utopías emocionales, religiosas o cuarto y mitad de cada, nunca cuentan con que el activista o creyente acabe disfrutando siquiera de un solo día en ese Paraíso, en apariencia, tan ansiado.