El discurso económico-interplanetario sobre mercados emergentes del sudeste asiático y paÃses del tercer mundo en perennes “vÃas de desarrollo†tiene también su reflejo en la Industria del cine. Porque el lugar donde más pelÃculas se manufacturan al año (entre 700 y 800) es la India, Meca de Ãdolos, héroes y santones paridos (o no) a orillas del Indo.
No me las daré de entendido: cada temporada no veo más de cuatro pelÃculas made in Bollywood (en parte por salud mental), asesorándome a través de terceros y sufriendo algún que otro batacazo en forma de insufrible tostón cantarÃn.

La última fiesta (serÃa hipócrita calificarla de “perlaâ€) ha sido Om Shanti Om, superproducción que arroja la preceptiva duración de tres horas. Sobrada de medios, servirÃa de perfecta introducción a cualquier lego en la materia, al tratarse de un ininterrumpido desfile de glorias actuales y pretéritas ovacionadas en off para mayor estupor de un espectador occidental que no tiene ni pajolera idea de quién es ese tipo del bisoñé que se contorsiona como si acabasen de meterle una lagartija por la rabadilla.
El cine de Bollywood ha hecho de la ingenuidad y el infantilismo su bandera… ¿o no será que, en nuestra perversidad, calificamos también de imberbe a lo “puro†o menos maleado? Unas reglas del juego que cualquier cinéfago inteligente debe de aceptar sin excesivos dolores de cabeza, del mismo modo que se puede y debe disfrutar un producto comercial, una ‘peli’ de género o una comedia chorra por sus (a veces dudosos) valores intrÃnsecos, valores que a veces se hayan alejados varios eones de registros presuntamente artÃsticos o elevadas intenciones trascendentales. (¿Y qué?)
Con todo, en los últimos tiempos se observa una progresiva autoconciencia, que encuentra su traducción en desacomplejadas parodias o incluso burlas crueles que incluyen la retahÃla de tópicos que uno busca (y siempre encuentra) en el cine masivo de las tierras de Satyajit Ray.

Héroes con las abdominales más castigadas que el tabique nasal de Mike Tyson, bellezones de infarto que aseguran la fidelidad inquebrantable del sector masculino, tramas abocadas a un irremisible ‘happy end’, música… y más música. Porque una ‘peli’ de Bollywood es mi sustituto favorito al Prozac, un chute en vena de vida y simplicidad, esa simplicidad adolescente que empeña toda la felicidad personal en una mirada de ella o de él, en un roce, un “quizásâ€, un momento de éxtasis –pasajero, cierto es- que le eleva a uno por encima del impepinable mañana por la mañana a eso de las 7 am.
No, el cine no debe de ser únicamente un divertimento palomitero. Pero si alguna cinematografÃa ha sabido entender, practicar y mejorar el cansino modelo norteamericano esta ha sido la India. Disfruta, olvida, repite.
Un universo imposible (como todas las ficciones que pueblan el hemisferio celeste) donde el final feliz no es pura entelequia, sino rigurosa obligación ética. Porque como dicen los personajes de Om Shanti Om, si la cosa no pinta bien… es que la ‘peli’ todavÃa no ha terminado.
¿No es un credo maravilloso?
 

 

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